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Desde tiempos remotos la Iglesia católica, apostólica y romana, también conocida como “Babilonia la Grande, la madre de las rameras”, ha padecido, a veces en silencio y otras con gran alboroto, de almorranas. Ya decía el papa Gregorio VII , en 1078, que “la costumbre de Roma consiste en tolerar ciertas cosas y silenciar otras”. Tolerar, toleraron más bien poco, pero silenciar se les dio de perlas.
Bien sabía la curia católica “cuán provechosa” les resultaba “esta fábula de Jesucristo”, como confesó el papa León X en una carta al cardenal Bembo , sin embargo, ya fuera porque algunos se tomaron la fábula en serio o porque la interpretaron a su manera, la cosa se les fue de las manos y las nalgas papales se llenaron de granos de todo tipo: berenganos, cátaros, valdenses, albigenses, anabaptistas, apostólicos, patarinos, brogardos, lolardos, fraticellis, espirituales, dulcinistas, joaquinitas, husitas… A todos estos furúnculos, Roma los llamó herejes, que, en su sentido etimológico, quiere decir “el que escoge”, el que elige. Y ya sabemos, porque durante siglos lo ha demostrado sobradamente, que a la Iglesia católica eso de la libre elección nunca le ha hecho demasiada gracia.
Les hiciera gracia o no, el caso es que Europa comenzó a llenarse de iluminados que elegían por sí mismos, chalados que se pusieron a traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas, a decir que, si Dios los había hecho a todos iguales, por qué iban a ser o tener unos más que otros, a condenar la propiedad y las riquezas, a criticar la corrupción del clero y sus estómagos ahítos, a cuestionar dogmas católicos como el bautizo de infantes, la adoración de imágenes o la utilización de suntuosos edificios para celebrar la misa. Y la Iglesia acabó diciendo: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”.

Desde tiempos remotos la Iglesia católica, apostólica y romana, también conocida como “Babilonia la Grande, la madre de las rameras”, ha padecido, a veces en silencio y otras con gran alboroto, de almorranas. Ya decía el papa Gregorio VII, en 1078, que “la costumbre de Roma consiste en tolerar ciertas cosas y silenciar otras”. Tolerar, toleraron más bien poco, pero silenciar se les dio de perlas.
Bien sabía la curia católica “cuán provechosa” les resultaba “esta fábula de Jesucristo”, como confesó el papa León X en una carta al cardenal Bembo, sin embargo, ya fuera porque algunos se tomaron la fábula en serio o porque la interpretaron a su manera, la cosa se les fue de las manos y las nalgas papales se llenaron de granos de todo tipo: berenganos, cátaros, valdenses, albigenses, anabaptistas, apostólicos, patarinos, brogardos, lolardos, fraticellis, espirituales, dulcinistas, joaquinitas, husitas… A todos estos furúnculos, Roma los llamó herejes, que, en su sentido etimológico, quiere decir “el que escoge”, el que elige. Y ya sabemos, porque durante siglos lo ha demostrado sobradamente, que a la Iglesia católica eso de la libre elección nunca le ha hecho demasiada gracia.
Les hiciera gracia o no, el caso es que Europa comenzó a llenarse de iluminados que elegían por sí mismos, chalados que se pusieron a traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas, a decir que, si Dios los había hecho a todos iguales, por qué iban a ser o tener unos más que otros, a condenar la propiedad y las riquezas, a criticar la corrupción del clero y sus estómagos ahítos, a cuestionar dogmas católicos como el bautizo de infantes, la adoración de imágenes o la utilización de suntuosos edificios para celebrar la misa. Y la Iglesia acabó diciendo: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”.
LOS PRIMEROS DISIDENTES
Uno de estos precoces heresiarcas fue el monje benedictino Berengario de Tours, que allá por el año 1000 se puso la sotana por montera y comenzó a despotricar de la Iglesia por apartarse del verdadero mensaje del Evangelio, que según su visión, condenaba las riquezas y el poder, dos cosas muy del gusto de Roma. Por eso, y por negar la presencia de Cristo en la eucaristía (algo que hoy sabe todo quisqui, pero que entonces ni se sospechaba), Berengario y sus seguidores, los berenganos, fueron condenados por la cúpula católica en los años 1050 y 1051.
Años más tarde, un sacerdote de los Alpes franceses llamado Pedro Bruis, colgó los hábitos porque no estaba de acuerdo con el bautismo de niños, la transubstanciación, las oraciones para los muertos, la adoración de la cruz, la necesidad de tener edificios que sirvan de iglesias y otras milongas católicas. Tras ser expulsado de su diócesis de los Alpes, Bruis se fue a predicar por todo el sur de Francia y consiguió muchos discípulos además de acabar siendo pasto de las llamas en 1140.
Enrique de Lausana, también conocido por Enrique de Cluny o Enrique de Tolouse, continuó la obra de Bruis. Enrique era monje y ya en 1101 había empezado a echar pestes en contra de la liturgia eclesiástica, la corrupción del clero y la jerarquía de la Iglesia. Sostenía que no había más verdad que la que se pudiera deducir de las mismas Escrituras. Como su colega Bruis, predicó por todo el sur de Francia, hasta que en 1148 fue a parar con sus huesos en la cárcel, donde acabó espichándola.
LA HEREJÍA DEL ESPÍRITU LIBRE
La Herejía del Espíritu Libre fue iniciada por los sufíes de Sevilla en el siglo XII. Tenían tres principios básicos: Todo es divino; no hay vida después de la muerte (el cielo y el infierno son estados del alma durante la vida); y conocer a Dios hace a uno incapaz de cometer pecado. Si Dios es el creador de todas las cosas y creó al hombre a su imagen y semejanza, pensaban estos descarriados herejes, cualquier comportamiento del que seamos capaces, sea “bueno” o sea “malo”, es un reflejo de la divinidad de Dios.
Los seguidores del movimiento del Espíritu Libre sufrían una iniciación de obediencia ciega a su maestro durante varios años antes del gozo de la libertad de acción total. Unido con Dios, el individuo estaba por encima de todas las leyes, iglesias y ritos. Y por tanto, podía hacer literalmente lo que le diese la gana, como por ejemplo, ir desnudo. Los “Hermanos del Espíritu Libre” se hicieron famosos en su época por hacer manifestaciones en pelota picada y, dicen también, que por las fabulosas orgías que se montaban en las catacumbas. Ellos las llamaban “servicios divinos”. Predicaban la sublimidad de los “apetitos humanos”, hasta el punto de que se mostraban a favor del incesto. Rechazaban la Iglesia, los Sacramentos y las Sagradas Escrituras, practicaban el amor libre y robaban en nombre de la “comunidad de bienes”. O sea, que eran unos punkis de mucho cuidado.
La herejía se extendió con los santos mendigos que vagaban por los caminos de Europa occidental acompañados de viudas y solteronas llegando a Bohemia, donde sus seguidores fueron conocidos como los “picardos”. Entre sus defensores famosos se incluyen Margarita Porete y Heinrich Suso, quien en 1330 describió la libertad como “cuando un hombre vive según sus caprichos sin distinguirse entre Dios y él mismo, y sin mirar antes o después”.
LOS VALDENSES O POBRES DE LYON
En 1173, un rico y devoto mercader de Lyón llamado Pedro Valdo (o Waldo) está hablando con un colega cuando de repente se le muere delante de sus narices. Pedro se queda patidifuso, comienza a entrarle canguelo eso de morir en pecado y acude raudo y veloz a un cura amigo suyo. Éste se marca un farol y le dice: “Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y dáselo a los pobres”. Pero Pedro no pilló la ironía y se tomó el consejo al pie de la letra: le pasó una pensión a su mujer y a sus dos hijas, encargó a dos sacerdotes que tradujeran los Evangelios al provenzal para que sus paisanos lo entendieran y distribuyó el resto de sus posesiones entre los pobres.
Cuentan que en las fiestas del pueblo Valdo se puso a repartir su dinero gritando “Ningún hombre puede servir a dos amos, a Dios y a Mammon” (que no es ningún cabrón, sino el dios del dinero). Y mientras la gente se quedaba con la pasta del supuesto chiflado, Valdo les espetó: “Conciudadanos y amigos, no estoy loco, como pensáis, sino que solamente me estoy vengando de mis enemigos, que me hicieron un esclavo, de modo que tuviera siempre más cuidado del dinero que de Dios, y sirviera a la criatura más que a su Creador. Ya sé que muchos me culparán por actuar así abiertamente. Pero lo hago por mi propio interés y por el vuestro; en el mío, de modo que aquellos que me vean a partir de ahora poseyendo algún dinero digan que soy un loco; en el vuestro, para que aprendáis a poner la esperanza en Dios y no en los ricos”.
Entre esto y las Biblias traducidas que fueron rulando de mano en mano, poniendo por primera vez las Escrituras en manos del pueblo que, por supuesto, sacó sus propias conclusiones, Valdo encontró un gran número de seguidores, especialmente entre los campesinos y los artesanos. El clero comenzó a recelar de aquellos hombres humildes, ya conocidos como “los pobres de Lyon” que, de dos en dos, descalzos y harapientos, iban predicando a su manera la “Palabra de Dios”. Para ellos, cualquier cristiano, fuera hombre o mujer, podía predicar siempre y cuando tuviese suficiente conocimiento de las Escrituras.
En 1179 el papa Alejandro III prohibió a Valdo y a sus seguidores predicar sin el permiso del obispo local, el cual, como era de esperar, se negó a dárselo. Pero Valdo y los suyos hicieron oídos sordos y replicaron a la jerarquía católica tomando las palabras de Hechos 5:29: “Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres”. Y con estas siguieron vociferando sus doctrinas.
Los valdenses estaban apasionadamente interesados por una reforma de la Iglesia según las líneas del ideal apostólico representado por el Nuevo Testamento. Este ideal promovía la pobreza y la simplicidad del estilo de vida. Los miembros ‘perfectos’ de la comunidad hacían comunismo y celibato obligatorios, sin embargo a los ‘discípulos’ se les permitía casarse y tener propiedades. Los valdenses fueron de los primeros insumisos declarados de la historia. Se negaron a cumplir el servicio militar, abogaron por la supresión del Estado y condenaron la pena de muerte. Además criticaron la corrupción eclesiástica y la enseñanza y práctica de la Iglesia sobre el purgatorio y las indulgencias. Rechazaron la adoración de imágenes, la transubstanciación, el bautismo de infantes, el culto a María, las oraciones a los santos, la veneración de la cruz y las reliquias, el arrepentimiento de última hora, la confesión a los sacerdotes, las oraciones a los muertos, las indulgencias papales, el celibato sacerdotal y el uso de imponentes y elegantes edificios religiosos para celebrar misa. De hecho, los valdenses celebraban la eclesia, la asamblea, de forma clandestina en establos, hogares particulares o donde quiera que encontrasen un hueco. Consideraban a Roma como “Babilonia la Grande, la madre de las rameras” e invitaban a la gente a huir de ella.
En 1184 el papa Lucio III los excomulgó junto con otro grupo formado por obreros de la lana de Milán conocidos como “los humillados” (descendiente de los ‘patarinos‘ o ‘pordioseros’), y el obispo de Lyon los expulsó de la diócesis provocando una diáspora de valdenses que extendieron su mensaje no sólo por el sur de Francia y el norte de Italia, sino también por el este y norte franceses, por España, Flandes, Alemania, Austria, Bohemia y Polonia, donde Valdo murió en 1217. La Iglesia de Roma puso todos los medios de que disponía para exterminar a los valdenses, los cuales se unieron por un tiempo con los humillados formando el movimiento de los ‘Pobres lombardos’. A la pregunta de cómo distinguir a los herejes del resto de la población durante la toma de Béziers, el abad de Citeaux, Arnaud Amalric, legado papal, contestó: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”.
Miles de personas fueron asadas en las barbacoas organizadas por la Inquisición. La Santa Sede rabiaba de envidia e impotencia, al ver cómo el ejemplo de los valdenses prendía entre los simples como la pólvora. “Sus adherentes viven justamente delante de todos los hombres y creen en todos los artículos del Credo, respetando en todo a Dios: Solamente blasfeman de la Iglesia y del clero romanos: por esto tan grandes multitudes de laicos les prestan atención”, dijo de los valdenses el inquisidor de Passau en el S. XII. Los muy jodidos se cagaban en la jerarquía católica y encima daban ejemplo:
“Los herejes valdenses se distinguen por su comportamiento y el habla. Son impasibles y sensatos. No se esfuerzan en llamar la atención con vestidos extravagantes o indecorosos. No son comerciantes con el fin de evitar mentir, jurar o engañar. Viven únicamente del trabajo artesano de sus manos. También sus maestros son tejedores y zapateros. No acumulan riquezas, sino que se contentan con lo necesario para vivir. Comen y beben con moderación, no frecuentan posadas ni van a bailes u otro lugares de mala reputación. Son lentos para la ira. Son trabajadores, se dedican a aprender y a enseñar. Les reconocerán por su manera de hablar: con cordura y veracidad. No difaman, no hablan con palabras vulgares o vacías. Evitan toda expresión que pueda ser mentirosa o de juramento. No dirán “sinceramente” o “de verdad”, sino que se limitarán a decir “si” o “no”. Según ellos hacen así porque Jesús lo ordenó en Mateo 5:37”. (Passauer Anonymus).
A pesar de los pesares, la Iglesia los persiguió hasta la tumba. El papa Inocente III autorizó a ciertos monjes como inquisidores, se montaron infinitud de procesos judiciales contra cualquier sospechoso de herejía y se instituyó la orden de los frailes dominicos para contrarrestar las influencias doctrinales de los valdenses.
LOS CÁTAROS O ALBIGENSES
La herejía albigense se mantuvo activa desde mediados del siglo XII hasta mediados del XIII. Albigense deriva del albigés, proveniente de la comarca situada al noreste de Tolosa (Toulouse) cuyo centro era Albi. El movimiento tuvo su foco central en el sureste francés y el Rosellón catalán, la zona conocida como Occitania o Langedoc. También denominados cátaros, apelativo de origen griego que significa ‘puro’, nadie sabe quién fue su fundador o sus fundadores.
En Occidente, son predicadores ambulantes los que importan de Oriente el catarismo con su nombre griego. Al principio predicaron, también con el ejemplo, el ideal de vida apostólica y evangélica, por ello encontraron mucha aceptación. Pero pronto revelarán su doctrina dualista, “que indudablemente no es de origen popular ni puramente bíblica”, como asegura H. Grundmann. “Se trata de una cosmogonía y una mitología orientales, sin dudas derivadas del maniqueísmo, que son absolutamente incompatibles con la doctrina y la moral de la Iglesia”, dice el historiador.
Maniqueos y orgullosos de serlo, para los albigenses sólo existen dos poderes enfrentados: la luz y la oscuridad; el dios bueno, creador del espíritu, y el dios maligno, Satán, creador de lo material. Por su desprecio al cuerpo (que por algo es material), los albigenses se oponían al matrimonio y practicaban una ascesis tan rigurosa que algunos llegaban a morirse literalmente de hambre, dieta a la que llamaban ’suicidio de liberación’.
Rechazaban la divinidad de Cristo y casi todos los sacramentos de la Iglesia establecida. Se oponían a la jerarquía eclesiástica y pensaban que Jesús dio por igual a todos sus apóstoles, sin afán de poder ni riquezas. Cuestionaron el bautismo, la eucaristía, la virginidad de María, la conversión del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo… Influidos por las filosofías orientales, creían en la reencarnación y muchos llegaron a hacerse vegetarianos. Además de maniqueos, los albigenses eran milenaristas. Aseguraban que en cuanto Jesús regresara a la Tierra (y pensaban que estaba al caer) desaparecerían la propiedad, el dinero, el clero, los reyes, los ricos, los pobres, las guerras, las naciones y demás desatinos humanos.
Aunque la herejía albigense fue un movimiento de amplias dimensiones, un movimiento de masas, no debemos caer en el error de imaginarnos a todo el Languedoc poblado de ascetas escuálidos y comeflores clamando por la abolición del dinero y del poder. Tan sólo los “perfectos” guardaban rigurosamente los preceptos de la doctrina cátara; luego estaba “una masa seducida por las virtudes de los ‘perfectos’, pero a la vez de ningún modo deseosa de romper con sus marcos habituales, muy poco al corriente, por lo demás, de las contestaciones dogmáticas”, según P. Wolf.
Los albigenses fueron condenados en el Concilio de Luterano por orden del papa Alejandro III. Sin embargo sus ideas no dejaron de propagarse, e incluso ricos y nobles, como los condes de Tolousse, de Foix y de Beziers, abrazaron interesadamente la causa. El papa inició entonces una cruzada contra ellos ofreciendo indulgencias y una parcelita en el Cielo a todo aquel que fuera a combatirlos. Aunque las diferentes cruzadas anti-albigenses acabaron en 1229 con la rendición de Tolosa, continuaron incursiones militares puntuales como el asedio y la toma del último gran castillo cátaro, Montsegur, en 1244 y la acción de la inquisición contra aquellos grupúsculos resistentes que se refugiaron en el Pirineo catalán.
Claro que la Iglesia católica tiene otra versión de lo sucedido. Según la Iglesia, la que verdaderamente acabó con los albigenses fue la mismísima Virgen María en persona, que se le apareció a Santo Domingo, quien había sido achuchado por Inocencio II para que les comiera la oreja a los herejes, y le regaló un rosario para que lo blandiera “en contra de los enemigos de la Fe”. Gracias al rosario, Santo Domingo logró convertir a los pobrecitos de los cátaros que, engañados por el Demonio, se habían apartado de la senda marcada por la Cúpula eclesiástica. O sea, que las cruzadas, las persecuciones y las hogueras no tuvieron nada que ver
El odio al clero y a los ricos así como las aspiraciones igualitarias eran dos sentimientos muy arraigados en la sociedad medieval, tanto como la pasión por el fútbol o el comprarse un coche nuevo lo están hoy día. Esto explica en parte que las herejías que florecieron desde el siglo XI al XVI tomaran un cariz profundamente igualitario y anticlerical. La plebe, explotada por los señores, esquilmada por la Iglesia y sus diezmos y sojuzgada por un Estado cada vez más organizado, regalaba fácilmente los oídos a las prédicas revolucionarias que prometían una nueva Edad de Oro y no le hacían falta demasiadas arengas para tomar las armas contra nobles, curas, magistrados y cualquiera que se le pusiera por delante.
Esta animadversión hacia las clases privilegiadas, de la cual el clero formaba parte, también se manifestaba y se cultivaba en proverbios, autos sacramentales y sátiras diversas. Seis siglos antes de que Proudhon descubriera que la propiedad privada es el robo, los siervos de la gleba habían llegado a idéntica conclusión: “Los magistrados, los prebostes, los administradores, los alguaciles –casi todos viven del robo… Todos ellos acogotan al pobre, todos desean despojarle… los desuellan vivos. El fuerte roba al débil…”.
El pueblo se quejaba con razón de que el clero “no se preocupa de nosotros, vive unas vidas escandalosas, y nos holla con sus pies… El pueblo hace de todo y entrega todo y todavía no puede vivir sin ser atormentado y llevado a la ruina por el clero… Los prelados son zorras rabiosas…”. Bien podría tratarse de una canción de La Banda Trapera del Río, ¿no les parece?
Otras sátiras reflejaban sin demasiados tapujos los anhelos de la multitud: “Desearía estrangular a los nobles y a los curas, a todos ellos… Los buenos trabajadores hacen el pan blanco pero ellos nunca lo prueban; no, todo lo que consiguen es pan de maíz, y por buen vino no consiguen más que sobras, y por un buen paño nada más que deshechos. Todo lo que es delicioso y bueno va a parar a los nobles y a los curas…”.
Y guerrilleros culturales de la época como el poeta alemán Suchenwirt describían cómo los hombres hambrientos, dejando a sus pálidas y escuálidas esposas e hijos en sus tugurios, se reúnían en las calles estrechas, armados con armas improvisadas y llenos de desesperado coraje: “Los cofres de los ricos están llenos, los de los pobres vacíos. El vientre del hombre pobre está hambriento… ¡Derribemos la puerta del rico! Vamos a comer con él. Es mejor ser despedazado que morir de hambre, todos nosotros estamos más dispuestos a arriesgar nuestras vidas valerosamente que a perecer de este modo…”.
Así las cosas no era extraño que los ricos estuvieran un tanto moscas y se encaminasen a allanar el camino para el advenimiento del poder disciplinario, para la llegada de la sociedad de la vigilancia y el adiestramiento que nacerá, Michel Foucault dixit -y pixie-, en el siglo XVIII. “No se no se debe conceder tanta libertad a los pobres como se les viene dando desde antiguo -aconsejaba a los burgueses un cronista de Magdeburgo allá por el siglo XIV-. Deben ser sometidos a control, pues existe un aborrecimiento entre pobres y ricos. Los pobres odian a todo aquel que tenga alguna posesión y están más preparados para perjudicar a los ricos de lo que éstos lo están para perjudicar a los pobres”.
Efectivamente los pobres se prepararon en sucesivas ocasiones para derrocar el “poder temporal” de los nobles y la Iglesia, ya fueran movidos por visiones marianas, profecías apocalípticas o llamamientos a las cruzadas. Cualquier excusa les valía para rebelarse contra el orden social dominante y ajusticiar a clérigos, nobles, burgueses, prelados, administradores y ricos en general.
La lucha de los de abajo se hallaba legitimada en numerosos escritos de carácter religioso, desde las Sagradas Escrituras al Libro de los Cien Capítulos del ‘revolucionario del alto Rhin’. San Ambrosio, uno de los padres de la Iglesia, decía: “La tierra fue hecho en común para todos, ricos y pobres. ¿De dónde deduces, rico, tu propio derecho? La naturaleza no conoce ricos, hace a todos los hombres pobres…”. El libro de los Hechos describía la vida de los primeros cristianos como una comunidad en la que “todos los que creían vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común… y ninguno tenía por propia cosa alguna”.
Alrededor de 1270, Jean de Meun, un laico inquisitivo que vivía en el barrio latino de París, escribió un largo poema titulado Roman de la Rose en el que describía el estado natural igualitario que imperaba en la Edad de Oro:
“Érase una vez, en los días de nuestros primeros padres y madres, como atestiguan los escritos de los antiguos, cuando la gente se amaba con un delicado y honesto amor, y no por codicia y ansia de lucro. La bondad reinaba en el mundo”.
En esos tiempos los gustos eran sencillos, las gentes se alimentaban de frutos, nueces y hierbas, sólo bebían agua, se vestían con pieles de animales, no conocían la agricultura y vivían en cavernas. Pero no pasaban penalidades, porque la tierra daba liberalmente todo el alimento que necesitaban. Los amantes se abrazaban en lechos de flores, detrás de cortinas de hojas.
“Allí danzaban y descansaban en suave tranquilidad; pueblo sencillo que sólo se preocupaba de vivir alegremente y en plena armonía con los demás. Todavía ningún rey ni príncipe habían arrebatado, como criminales, lo que pertenecía a los demás. Todos eran iguales y no tenían ninguna propiedad privada propia. Coonocían bien la máxima de que amor y la autoridad no pueden morar juntos… De este modo, amigo mío, los antiguos se acompañaban los unos a los otros, libres de todas atadura o ligazón, pacíficamente, decentemente; y no hubiesen abandonado su libertad ni por todo el oro de Arabia o Frigia…”
Desgraciadamente tan feliz situación llegó a su fin con la aparición de inumerables vicios -engaño, orgullo, ambición, envidia y demás. Con ellos llegaron la pobreza y el latrocinio. Al final la situación se hizo tan insoportable que hubieron de elegir a un “príncipe o señor” para que restaurara y conservase el orden. Pero este necesitó ayuda y se crearon las tasas e impuestos con el fin de pagar el aparato coercitivo: fue el inicio del poder real. Se acuñó moneda y se fabricaron armas “y al mismo tiempo los hombres fortificaron las ciudades y castillos y construyeron palacios cubiertos de esculturas, pues los que poseían las riquezas tenían mucho miedo de que se las quitaran a hurtadillas o a la fuerza. Estos hombres se hicieron mucho más dignos de compasión pues ya no volvieron a conocer la seguridad desde el día en que, llevados por la codicia, tomaron para sí lo que antes había sido propiedad de todos, como lo son el aire y el sol”.
Hacia 1439 se edita la influyente obra llamada Reforma de Segismundo. En ella se pedía la supresión de los gremios monopolistas y de las grandes compañías comerciales, abogando por un orden igualitario en el que los salarios, precios e impuestos debían ser fijados para servir a los intereses de los pobres. Al mismo tiempo debía abolirse la servidumbre allí donde todavía subsistiera en el campo; y, como en los viejos tiempos, las ciudades debían abrir sus puertas a sus antiguos siervos.
A principios del siglo XVI aparece el Libro de los cien capítulos, tratado escrito en alemán por un divulgador anónimo conocido como “el revolucionario del alto Rhin”, cuyo contenido, según su autor, estaba directamente inspirado por el Altísimo, quien expresó su voluntad a través del arcángel San Miguel
Lo que venía a decir el libro era que Dios tenía un cabreo con los humanos de agárrate y no te menees y que estaba dispuesto a no dejar títere con cabeza. Sin embargo, el perdonavidas ofrecía al pueblo una última oportunidad para que enmendara sus pecaminosas vidas. Por expreso deseo del Señor, una persona piadosa -lógicamente el autor del libro- debía organizar una asociación de laicos justos, los cuales disfrutarían de la protección efectiva de san Miguel y llevarían una cruz amarilla como divisa.
La tarea de estos elegidos era la de preparar el terreno para el advenimiento del futuro emperador Federico, “el emperador de la Selva Negra” que “reinará durante mil años” y “ejercitará justicia”. Y preparar el terreno significaba eliminar inmediatamente el pecado del mundo, lo que de hecho se traducía en la eliminación de los pecadores, básicamente los ricos, “los hombres importantes, tanto eclesiásticos como laicos”. Todo el clero debía ser destruido: “¡Id contra ellos, desde el papa hasta el más pequeño estudiante! ¡Matadlos a todos!”. También los usureros, los grandes comerciantes y los abogados. Y una vez hecho esto, llegaría el Milenio.
Las propiedades de la Iglesia serían entonces secularizadas y usadas por el emperador en beneficio de la comunidad y de los pobres en particular. Todo beneficio derivado de la propiedad de tierras o del comercio sería confiscado; lo cual sopndría una abolición de los principados y la expropiación de todos los ricos. Y todos los bienes serán tenidos en común: “¡Cuántos males provienen del interés propio!… Es necesario, por consiguiente, que toda propiedad se convierta en una sola propiedad, que exista un solo pastor y un solo rebaño”.
Este estalinista del siglo XVI previó la disidencia a este estado de cosas y por ello se anticipó a ofrecer soluciones draconianas. Una vez al año, indica, el emperador dictará un decreto con la finalidad de desenmascarar el pecado –sobre todo la usura y la lascivia- exhortando al pueblo para que informe en contra de los pecadores, pero también animando a presentarse y confesar voluntariamente los propios pecados. En cada parroquia se constituirá un tribunal oficial que castigará a los pecadores “con cruel severidad”. Y afirma que nada ayudará más al establecimiento y protección del nuevo orden de igualdad y propiedad en común que este tipo de justicia.
Con proclamas tan excitantes era previsible que la multitud desesperada se lo jugase todo a una sola carta. No tenían nada que perder.
A mediados del siglo XIII comenzó a ser habitual encontrar por las calles de numerosas ciudades europeas a mendigos harapientos vestidos con hábitos rojos y encapuchados que iban en ruidosos grupos orando por las almas y pidiendo limosna al grito de “¡Pan, por el amor de Dios!”. La gente los conocían con el nombre de beghards -la palabra inglesa “beg” significa “mendigar”- y no tardarían en ser señalados por el dedo acusador de la Iglesia Católica, que sin titubeo alguno, los calificó de herejes.
Los begardos fueron una suerte de fraternidad de indomables y revoltosos “monjes errantes” que allá donde iban la liaban. Uno de sus pasatiempos favoritos era interrumpir las ceremonias religiosas mostrando su desprecio por la disciplina eclesiástica y clamando contra los curas y frailes de vida relajada. Predicaban frenéticamente, sin autorización pero con gran éxito popular, y al menor disturbio, se dispersaban en pequeños grupos, migrando de montaña en montaña como guerrilleros del maquis. Por lo general, estos “mendigos santos”, de muy distintas procedencias sociales, hacían vida de ermitaños, felices en las montañas, yendo de un lado para otro, instalándose en “refugios de pobreza voluntaria” cerca de las ciudades y malnutriéndose de la caridad de la gente.
En un principio, los begardos no tenían en común ninguna doctrina herética en particular, cada uno era de su padre y de su madre, pero hacia mediados del siglo XIV las autoridades eclesiásticas advirtieron que entre ellos existía cierto número de misioneros del Espíritu Libre, herejía que la Iglesia creía extinguida desde hacía más de un siglo. Recordemos que los hermanos del Espíritu Libre eran algo así como iluminados ultra anárquicos que hacían lo que les daba la gana bajo la excusa de estar inspirados por el mismísimo Creador. Los begardos tomaron el testigo.
El público objetivo de las prédicas begardas, como diría un publicista, fueron las mujeres, particularmente las viudas y solteronas de clase alta. Estas mujeres, conocidas como beguinas, tuvieron una especial importancia en la divulgación de la herejía del libre espíritu. Aunque vestían como religiosas -con una túnica de lana gris o blanca con capucha y velo- vivían a su aire: algunas de ellas vivían con sus familias o bien se ganaban el pan con su trabajo; otras vivían como mendigos errantes; muchas se constituyeron en comunidades religiosas no oficiales, conviviendo en una casa o grupo de casas.
Las beguinas se multiplicaron en la región que actualmente ocupa Bélgica, en el norte de Francia, en el valle del Rhin -Colonia contaba con doscientas beguinas-, en Baviera y en ciudades de Alemania central. Junto con los begardos fueron condenadas en el concilio de See de Mainz en 1259, repitiéndose la condena en 1310. Estos concilios excomulgaban a los “mendigos santos” que, en comportamiento y vestidos, se distinguían de los demás cristianos, y ordenaban que si se negaban a entrar en vereda debían de ser expulsados de todas las parroquias. Al mismo tiempo empezó a discutirse la ortodoxia de las beguinas. En el valle del Rhin se prohibió a los monjes que hablaran con una beguina a no ser en la iglesia o en presencia de testigos; si un monje entraba en una casa de beguinas podía ser castigado con la excomunión. En 1274, un franciscano de Tournai informó que, aunque no estaban preparadas en teología, las beguinas se deleitaban en nuevas y sutilísimas ideas. Habían traducido las Escrituras al francés e interpretado sus misterios, sobre los que hablaban de forma irreverente en sus reuniones y en las calles. Las Biblias vernáculas, llenas de errores y herejías, estaban a disposición del público en París. Un obispo del oriente de Alemania se quejaba de que estas mujeres eran perezosas charlatanas vagabundas que se negaban a obedecer a los hombres bajo pretexto de que Dios era mejor servido en libertad. En 1317 el obispo de Estrasburgo, después de recibir muchas quejas sobre la existencia de la herejía en su dioócesis, creó una comisión de investigación, pudiendo pronto enviar una carta pastoral basada en sus hallazgos a su clero. Se prohibía a los “hermanitos y hermanitas del Espíritu Libre” -vulgarmente conocidos como “beghards y mendigos de pan por el amor de Dios”-, so pena de excomunión, que llevaran sus vestiduras peculiares; igualmente se prohibía al pueblo bajo pena de excomunión que dieran limosnas a los así vestidos. Se declaraban confiscadas en favor de los pobres todas aquellas casas en las que se tuvieran reuniones heréticas. Debía entregarse toda la literatura herética y ser abandonado el grito limosnero de “pan por el amor de Dios”. El obispo hizo todo lo posible para asegurar que estas instrucciones se llevaran a buen termino. Visitó su diócesis y, al encontrar en todas partes signos de herejía, organizó la primera Inquisición Episcopal regular en suelo alemán. Aún así la doctrina del Espíritu Libre siguió propagándose.
En el siglo XVI, en medio de la tormenta de la Reforma, los Países Bajos y el norte de Francia vieron la propagación de una doctrina que fue llamada “libertad espiritual” pero que en todos sus puntos esenciales era todavía la antigua doctrina del Espíritu Libre -doctrina que resultaba tan antipática a los protestantes como a sus oponentes católicos. Un sastre llamado Quintín fundó a mediados del siglo XVI una secta que, según el historiador Norman Cohn, heredó todo el anarquismo de la Fraternidad medieval del Espíritu Libre. Quintin era oriundo de Hainaut y se le empezó a conocer en Lille en 1525; una década más tarde se dirigió a París con otro sastre y un sacerdote apóstata. En 1543 Quintin y otros tres compañeros consiguieron empleo como servidores en el séquito de la reina Margarita de Navarra, que les aceptó como místicos cristianos. Dos años más tarde Calvino escribió a Margarita previniéndola para que no se dejara engatusar por estos “libertinos espirituales”. Parece ser que finalmente Quintin fue expulsado de la corte, pues en 1547 estaba de nuevo en su patria. Como consecuencia de haber intentado seducir a cierto número de damas respetables de Tournai, fue descubierto, juzgado y quemado.
La ideología de la Fraternidad del Espíritu Libre y de sus sucesores los libertinos espirituales ha sido calificada como doctrina del anarquismo místico. En un esbozo escrito hacia 1330 en el principal centro de la herejía, Colonia, el místico católico Suso -del que ya hablamos en la primera entrega de esta serie- evoca con admirable concisión las cualidades del Espíritu Libre que le hacían esencialmente anárquico. Suso explica que un límpido domingo, mientras estaba sentado dedicado a la meditación, se le apareció a su espíritu una imagen ideal. Suso pregunta a la imagen (en plan Pimpinela): “¿De dónde vienes?”. La imagen contesta: “No vengo de ninguna parte”. “Dime, ¿quién eres?”. “No soy”. “¿Qué deseas?”. “No deseo”. “¡Esto es un milagro! Dime, ¿cómo te llamas?”. “Me llaman violencia sin nombre”. “¿Qué pretendes?”. “Llegar a una libertad sin trabas”. “Dime, ¿a qué llamas libertad sin trabas?”. “Cuando el hombre vive según todos sus caprichos sin distinguir entre Dios y él, y sin mirar ni hacia adelante ni hacia atrás…”
es que debemos reconocer que estos místicos anárquicos eran muy suyos. La beguina vienesa Agnes Blannbekin, a la que podemos ver en la imagen de la izquierda, cuenta en su libro ‘Vida y revelaciones’, cómo “un día, al comulgar… comenzó a pensar en dónde estaría el prepucio de Jesucristo. ¡Y ahí estaba! De repente sintió un pellejito, como una cáscara de huevo, de una dulzura completamente superlativa, y se lo tragó. Apenas lo había tragado, de nuevo sintió en su lengua el dulce pellejo y, una vez más, se lo tragó. Y esto lo pudo hacer unas cien veces…”. Ni garganta profunda oigan.
Lo que distinguió a los adeptos al Espíritu Libre de todos los demás sectarios medievales fue, precisamente, su total falta de moralidad. Para ellos la prueba de salvación consistía en desconocer la conciencia y los remordimientos. Son innumerables sus afirmaciones que testimonian acerca de esta actitud: “El que atribuye a sí cualquier cosa que hace, y no la atribuye a Dios, está en la ignorancia, es decir en el infierno… El hombre no hace nada por sí mismo”. Y también: “El que reconoce que Dios hace en él todas las cosas no peca. Pues no debe atribuirse a sí sino a Dios todo lo que hace”. “Un hombre que tiene conciencia es demonio, e infierno, y purgatorio, atormentándose a sí mismo. Quien es libre de espíritu escapa de todas esas cosas”. “Nada hay que sea pecado, a excepción de aquello que se piensa que es pecado”. “Uno puede estar tan unido a Dios que haga lo que haga no puede pecar”. “Pertenezco a la libertad de la naturaleza, y hago todo lo que me pide mi naturaleza… soy un hombre natural”. “El hombre libre tiene toda la razón cuando hace lo que le agrada”. Estos dichos son típicos; y sus consecuencias, claras. Todo acto realizado por un miembro de esta minoría era llevado a cabo “no en el tiempo sino en la eternidad”; poseía un gran significado místico y su valor era infinito. Esta era la secreta sabiduría que un adepto reveló a un estupefacto inquisidor con la seguridad de que había sido “tomada de las más interiores profundidades del abismo divino” y mucho más digna que todo el oro del tesoro municipal de Erfurt. “Sería mucho mejor”, añadió, “que el mundo fuera destruido y pereciera totalmente a que un ‘hombre libre’ se abstuviera de un acto que le pida su naturaleza”. Naturalmente, ya podemos imaginarnos cómo acabó este hombre libre y sincero.
Existe una descripción, escrita a mediados del siglo XIV y basada probablemente en la observación directa, de una beguina recitando su catecismo al beghard hereje, su director espiritual: “Cuando un hombre ha alcanzado realmente un conocimiento grande y superior ya no está obligado a observar ninguna ley ni mandamiento, pues se ha hecho uno con Dios. Dios ha creado todas las cosas para que sirvan a tal persona, y todas las cosas que Dios ha creador son propiedad de este ser… Tomará de todas las criaturas todo cuanto su naturaleza desee o anhele, y no tendrá ningún escrúpulo, porque todo cuanto es creado es suyo. Todos los pueblos y criaturas están obligados a servir a un hombre al que sirve el mismo cielo; y si cualquiera desobedece, sólo él es culpable”.
Inmediatamente después de su éxtasis, sor Catalina recibe un consejo concebido en estos términos: “Ordenarás a todas las cosas creadas que te sirvan según tu voluntad, a mayor gloria de Dios… Llevarás todas las cosas hacia Dios. Si deseas usar todas las cosas creadas tienes derecho a hacerlo, pues toda criatura que uses la retornarás a su origen divino”.
Para los “hermanitos y hermanitas del Espíritu Libre” eso de usar valía lo mismo para apropiarse de lo ajeno que para tirarse a cualquiera que se moviera. Según un avezado adepto si una mujer era “usada” por un hermano del Espíritu Libre se volvía más casta que antes, y si anteriormente había perdido su virginidad ahora la recobraba. Se decía que una de las señales más seguras de los “sutíles de espíritu” era, precisamente, la facilidad de darse a la promiscuidad sin temor a Dios ni remordimientos de conciencia. Algunos adeptos atribuían un valor trascendental, casi místico, al acto sexual realizado por ellos. Los Homines intelligentiae llamaban al folleteo “las delicias del paraíso” o la “subida” (término usado para la ascensión en el éxtasis místico); y los “amigos de sangre” turingios de 1550 lo consideraban como un sacramento al que llamaban “cristería”. Para todos ellos el adulterio estaba dotado de un valor simbólico como afirmación de su emancipación. Nunca mejor dicho fornicaban como locos.
Además practicaban el nudismo de interior, es decir, iban por las calles en pelota picada. Argumentaban que habían retornado al estado de inocencia que existió antes de la caída. El agudo comentador Charlier de Gerson vio con toda claridad la conexión entre el culto a Adán y las prácticas de los hermanos del Espíritu Libre. Hizo notar que los turlupins iban a menudo desnudos, diciendo que nadie debe avergonzarse de ninguna cosa que sea natural. Pensaban que una parte esencial del estado de perfección sobre la tierra era el ir desnudos y sin remordimientos, como Adán y Eva en el jardín del Edén.
Resulta muy curioso que la misma convicción de su infinita superioridad fue la que primero convirtió a los adeptos al Espíritu Libre en portadores de una doctrina social revolucionaria. Hacia el siglo XIV al menos algunos de ellos habían decidido que el estado de inocencia no podía reconocer la institución de la propiedad privada. En 1317 el obispo de Estrasburgo comentaba: “Creen que todas las cosas son propiedad común, de donde deducen que el robo les está permitido”. Y en efecto así era. Trampas, robos, asaltos a mano armada, para ellos todo estaba justificado. Juan de Brünn reconoció que él había cometido todas estas cosas y dijo que eran normales entre los doscientos begardos que conocía; y hay pruebas de que realmente se trataba de prácticas comunes de la fraternidad de Espíritu Libre. “Deja que tu mano coja todo lo que vea y desee”, era una de sus máximas.
El mangoneo y el desprecio por la propiedad privada perduró hasta los siglos XVI y XVII. Los libertinos espirituales descritos por Calvino defendían que nadie debía poseer ninguna cosa y que cada uno debía tomar todo lo que pudiera. Si todo esto hubiera sido simplemente una justificación del robo hubiera tenido poca importancia, pues los ladrones profesionales no tienen necesidad de doctrina y las demás personas no hubieran resultado afectadas. Pero, de hecho, lo que los hermanos del Libre Espíritu tenían que decir respecto a la propiedad privada tenía amplias implicaciones. “Dejad, dejad, dejad vuestras casas, caballos, bienes, tierras, dejadlo, haced cuenta de que nada es vuestro, tened todas las cosas en común…”. La semilla anarcomunista volvía a germinar.
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